Es habitual en las entrevistas periodísticas preguntar qué libro se llevaría usted a una isla desierta. Es evidente que en una isla desierta ninguna obra de arte tendría la utilidad de un manual de supervivencia que explicase, por ejemplo, modos de ahuyentar a los insectos. En realidad, lo que se está preguntando es cuál es el libro que puede leerse una y otra vez y cuyas lecturas sucesivas proporcionan perspectivas nuevas, de forma que nunca se percibe la obra como algo sabido que pueda aburrir. Unos piensan en el Quijote, otros en la Biblia o las tragedias de Shakespeare. En five-fingers hemos estado reflexionando sobre el tema y hemos llegado a esta conclusión, a una isla desierta nos llevaríamos la música de Beethoven.

¿a que soy muy gracioso?

Lo vamos a dejar muy claro. Nos gusta mucho el deporte, nos gusta mucho Madrid y queremos que se celebren en Madrid unos juegos olímpicos. Pero como la candidatura madrileña la protagonicen estos personajes, five-fingers.es le retirará su apoyo de inmediato. Los rostros, los portavoces, los abanderados del Madrid olímpico deben ser Nadal, Contador, Casillas, del Bosque, etc. Queremos buenas personas, no estos. Ya lo saben.

En general, aquí en five-fingers.es, no nos gustan mucho los himnos nacionales. Cuando suena un himno no solemos quitarnos la gorra ni nos levantamos, mucho menos nos ponemos la mano en el pecho. Tendemos a permanecer inmóviles con cara de qué le vamos a hacer.

El director de cine aragonés Luis Buñuel, cuenta en su autobiografía Mi último suspiro, que, estando de viaje entre América y Europa, por algún motivo se interpretó en el barco no se qué himno nacional. Eran los años treinta del siglo pasado cuando el patriotismo se había convertido casi en una epidemia. Todos los pasajeros se pusieron en pie y Buñuel permaneció sentado con los pies encima de la mesa. Se organizó un gran escándalo pues es conocida la facilidad que tienen los patriotas para sentirse ofendidos. Nosotros, aún aplaudiendo el gesto de Buñuel, somos gente pacífica y no nos gusta provocar a las gentes de fuertes convicciones políticas o religiosas, personas que, por otra parte, suelen ser bastante irascibles.