En general, aquí en five-fingers.es, no nos gustan mucho los himnos nacionales. Cuando suena un himno no solemos quitarnos la gorra ni nos levantamos, mucho menos nos ponemos la mano en el pecho. Tendemos a permanecer inmóviles con cara de qué le vamos a hacer.

El director de cine aragonés Luis Buñuel, cuenta en su autobiografía Mi último suspiro, que, estando de viaje entre América y Europa, por algún motivo se interpretó en el barco no se qué himno nacional. Eran los años treinta del siglo pasado cuando el patriotismo se había convertido casi en una epidemia. Todos los pasajeros se pusieron en pie y Buñuel permaneció sentado con los pies encima de la mesa. Se organizó un gran escándalo pues es conocida la facilidad que tienen los patriotas para sentirse ofendidos. Nosotros, aún aplaudiendo el gesto de Buñuel, somos gente pacífica y no nos gusta provocar a las gentes de fuertes convicciones políticas o religiosas, personas que, por otra parte, suelen ser bastante irascibles.

La cosa es que con esto del año olímpico hemos tenido que escuchar bastantes himnos y hemos podido comparar y decidir cuáles nos gustan más y cuáles nos gustan menos. Nunca nos ha gustado especialmente el himno español pero nos encanta cómo se interpreta ahora en los estadios de fútbol con la mitad del público coreando:

lolo, lolo
lololo, lolo, lolo
lololó, lo, lo
lololo, lolo, lo

Es conmovedor, el hecho de que nuestro himno no tenga letra juega decididamente a su favor.

Pero el que nos ha gustado más es, sin ningún género de dudas, el himno nacional ruso. Fue adoptado como himno de la Unión Soviética en el año 1943 y todavía se sienten al escucharlo los ecos de la batalla de Stalingrado. La música había sido compuesta unos años antes por Alexander Alexandrov y la primera letra de Serguei Mikhalkov fue aprobada por el propio Iosif Stalin.

La letra decía, por ejemplo, que Stalin nos ha enseñado la lealtad al pueblo trabajador y nos inspira para acometer nuevas hazañas. No juzguemos estas palabras con excesiva dureza, la mayor parte de los himnos dicen tonterías parecidas. En 1953 murió el líder georgiano y poco después se supo que el personaje no podía enseñar ningún tipo de lealtad porque había sido más bien un dictador psicópata que había asesinado a todos sus compañeros de la revolución y a algunas decenas de millares más. El himno se interpretó sin letra hasta el año 1977.

Mikhalkov escribió una nueva letra para el himno en 1970, pero no fue aprobada por el Gobierno Soviético hasta mayo de 1977. La nueva versión empezaba igual que la anterior con el siguiente verso:

Союз нерушимый республик свободных (Unión inquebrantable de repúblicas libres)

y luego seguía con algo así como que en la victoria de las inmortales ideas del comunismo vemos el futuro de nuestro país. Lo que en pocos años se vio fue que la unión no era inquebrantable, las repúblicas se fueron cada una por su lado y el país, la Unión Soviética, desapareció de la noche a la mañana.

En 1993 la Canción Patriótica de Glinka se convirtió en el himno nacional de la nueva Rusia. Mikhail Glinka es un renombrado compositor ruso que vivió entre 1804 y 1857. Entre sus obras se cuenta, de verdad que no es un chiste, una jota aragonesa (ver).

El himno de Glinka no gustaba, además no tenía letra. Los jugadores del Spartak de Moscú declararon que se sentían desmotivados por no poder cantar el himno. En el año 2000 se volvió al antiguo himno soviético que le gustaba a todo el mundo pero, claro, había que cambiarle la letra. ¿A quién le encargaron su redacción?. Sí, a Sergei Mikhalkov. Este hombre vale para todo. El mismo que había escrito loas a Stalin y a la victoria del comunismo escribía ahora que nuestra tierra natal está protegida por Dios además de lo de gloria a tí nuestra patria, unión secular de pueblos hermanos y cosas así. Y hay quien se pone en pie para escuchar esto.

En el siguiente vídeo, podemos escuchar el himno como fondo de un montaje espléndido de propaganda soviética. Son las imágenes de una gran ilusión. Lástima que fuera sólo un espejismo.